Por suerte en odontología muchas veces podemos acceder al agente causal con solo una anestesia local, eliminar el dolor o infección y colocar un analgésico o antibiótico de forma local y así evitar administrarlo por vía oral y crear resistencias.

El hombre ha tratado de buscar alivio a sus padecimientos desde tiempos remotos. Se introdujo el término antibiótico en 1930 para designar a la sustancia segregada por un microorganismo que en pequeñas cantidades era capaz de inhibir el crecimiento de otros gérmenes. Al producto del  Penicillium notatum se lo bautizo como PENICILINA. Luego surgieron otros antibióticos.

La resistencia puede definirse como un proceso por el cual un microorganismo de determinada especie puede vivir en concentraciones de un antimicrobiano que destruirían a otro de la misma especie. Actualmente se sabe que hay muchos fenómenos de resistencia y los mecanismos son múltiples.

Los antibióticos en odontología suelen darse con 2 finalidades: A) para aprovechar su acción antiinfecciosa o quimioprofiláctica. B) por su acción curativa o terapéutica sobre las enfermedades.

La terapia antiinfecciosa no está exenta de reacciones adversas.  Los riesgos más importantes son los de resistencia y los efectos secundarios en el paciente. Para evitar los fenómenos de resistencia, entre otras cosas, los antibióticos deberían usarse en forma más restringida y específica. Si existen resistencias tendremos que usar antibióticos más potentes con mayores efectos secundarios.

Por otro lado, no todo lo que duele está infectado, puede estar inflamado y entonces no necesitarías un antibiótico sino un simple analgésico.

Fuente:  Microbiología y estomatología. Fundamentos y guía práctica. Negroni, Marta 2da edición. Editorial Médica Panamericana.